A principios de este mes, OpenAI encomendó a varios de sus modelos de inteligencia artificial una tarea: completar una prueba diseñada para medir sus capacidades de ciberseguridad. La empresa instaló los sistemas en un entorno aislado, sin conexión a internet, y los puso a trabajar. Lo que ocurrió después resulta casi cómicamente absurdo, pero también constituye, según Adam Gleave, cofundador y director ejecutivo de la organización de seguridad de la IA FAR.

AI, «un ejemplo concreto de cómo una IA no alineada podría causar daños». De acuerdo con OpenAI, los modelos escaparon del entorno aislado creado para contenerlos, se desplazaron por los sistemas internos de la compañía, encontraron una vía de acceso a internet y comenzaron a buscar una forma de entrar en Hugging Face.